Buena nueva 7 de 40

Séptima buena nueva

Deuteronomio 32:19-21

En Deuteronomio (32:19-21), se narra del profeta Moisés, la paz sea con él, que el Señor dijo acerca de los judíos:

“19. Y lo vio Jehová, y se encendió en ira

Por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas.

20. Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro,

Veré cuál será su fin;

Porque son una generación perversa,

Hijos infieles.

21. Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios;

Me provocaron a ira con sus ídolos;

Yo también los moveré a celos con un pueblo que no es pueblo,

Los provocaré a ira con una nación insensata”.

Deuteronomio 32:19-21 — según la cita del autor
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LinajeLa Casa y la peregrinaciónTraspaso de la profecíaJerusalénIsmaelMoisésJesús (al-Masīḥ)Hijos de Israel

Este texto muestra que Dios estaba enojado con los hijos de Israel porque no Le obedecieron ni cumplieron su pacto con Él, lo que lo enfureció. Por eso, Dios amenazó con reemplazarlos con otra nación, un pueblo insensato que vivía en la oscuridad del extravío y la ignorancia, adorando ídolos y estatuas. Estos eran los árabes, como Dios, Glorificado y Exaltado sea, dijo al describirlos (traducción del significado): «… siendo que se encontraban extraviados» (Corán 2:198). Entonces Dios envió al Profeta Muhammad de entre los descendientes de Ismael, y estos árabes lo siguieron, adoraron solo a Dios, abandonaron la idolatría y se convirtieron en una gran nación. Así, se cumplió la transmisión de la profecía mencionada en el versículo. Luego, los árabes llevaron la luz que él trajo a los no árabes, porque el Mensaje del Profeta Muhammad, Dios le bendiga y le conceda paz, es universal para toda la humanidad.

En conclusión, la profecía se transmitió de los Hijos de Israel a los descendientes de Ismael, confirmando el otro versículo: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mateo 21:43).

El Reino de Dios es la profecía que Dios le dio al Profeta Muhammad, Dios le bendiga y le conceda paz.

Es sabido que la nación del Profeta Muhammad, Dios le bendiga y le conceda paz, es la única nación que reconoce la unicidad de Dios, lo adora, Le obedece y observa Sus ritos.

Con esta transición de la profecía, se cumplió la ira de Dios hacia los Hijos de Israel, tal como se informó en la profecía, porque no la merecían. Fueron los asesinos de los profetas, quienes distorsionaron la Torá y el Evangelio, y continúan distorsionándolos.

El problema de la distorsión y el ocultamiento entre los hijos de Israel

Los propios libros de judíos y cristianos reconocen haber sido distorsionados por los eruditos de los Hijos de Israel. ¿Cómo, entonces, pueden llamarse Libros Sagrados?

Las Sagradas Escrituras son los Libros divinamente revelados, preservados sin adiciones ni omisiones. Si han sido alterados u omitidos, se consideran hechos por el hombre y distorsionados, no sagrados.

El Antiguo Testamento contiene muchos versículos que reprenden a los hijos de Israel por distorsionar el Libro Sagrado que estaba en manos de Moisés, la paz sea con él.

Por ejemplo, en el libro de Jeremías (23:36), Jeremías se dirige a los hijos de Israel diciendo: “… pues pervertisteis las palabras del Dios viviente, de Jehová de los ejércitos, Dios nuestro”.

Y en él, el Señor dice (8:8-9): “¿Cómo decís: “Somos sabios, y la ley del SEÑOR está con nosotros?,” cuando he aquí, la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas. ‘Los sabios son avergonzados, están abatidos y atrapados; he aquí, ellos han desechado la palabra del SEÑOR, ¿y qué clase de sabiduría tienen?”.

La verdad sobre los Hijos de Israel en el Antiguo Testamento

Los hijos de Israel fueron condenados en el Antiguo Testamento. En el libro de Ezequiel, el Señor le dijo: “… yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón”.

También fueron descritos en el libro de Isaías en los peores y más degradantes términos. Los describió como rebeldes, una nación pecadora, un pueblo cargado de maldad, una generación de malignos e hijos depravados que se habían apartado de Dios.

En el libro de los Jubileos, perteneciente a los Manuscritos del Mar Muerto, se recoge que el Señor, dirigiéndose a Moisés acerca de los Hijos de Israel, dijo: “Olvidarán toda mi Ley, todos mis mandamientos y todos mis preceptos”.

En muchos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, los eruditos de Israel son descritos como ciegos, los que hacen iniquidad, descendencia de los malignos, serpientes, generación de víboras, asesinos de profetas y hombres de poca fe. Esto provocó distorsiones y alteraciones en la religión de los profetas Moisés y Jesús, cuyo alcance solo Dios conoce.

En resumen, este pueblo no fue receptivo al llamado divino, y el Dios Único y Todopoderoso los consideró indignos de llevar el peso del mensaje del Señor, pues estaban destruyendo las profecías mediante la distorsión de las Escrituras, el asesinato de profetas y la persecución de los reformadores. Por lo tanto, Dios decretó que la profecía pasaría de ellos a otra nación que adorara a Dios, siguiera Su ley y la honrara.

Resulta asombroso que los cristianos consideren a los judíos como el fundamento de su fe, puesto que los judíos los precedieron. Basaron su religión en el error de los judíos, ignorando o sin comprender la magnitud de su desviación, imitándolos sin discernimiento.

La realidad de los hijos de Israel en el Nuevo Testamento

Cristo describió a los Hijos de Israel como está registrado en Mateo (13:13-15) diciendo: “… porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis;

Y viendo veréis, y no percibiréis.

Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado,

Y con los oídos oyen pesadamente,

Y han cerrado sus ojos;

Para que no vean con los ojos,

Y oigan con los oídos,

Y con el corazón entiendan,

Y se conviertan…”.

Y cuando Cristo, la paz sea con él, llegó, proclamó en Jerusalén, como se registra en Mateo (23:13-38):

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.

¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor.

¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?

También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor.

¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?

Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él;

y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita;

y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.

¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.

¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos,

y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas.

Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas.

¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!

¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?

Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad;

para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar.

De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!

He aquí vuestra casa os es dejada desierta”.

Y en Mateo (15:1-9):

“Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo:

¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos?...

Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?

… Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.

Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:

Este pueblo de labios me honra;

Mas su corazón está lejos de mí.

Pues en vano me honran,

Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.

Cristo aludió a que los Hijos de Israel ocultaban la verdad que se les había confiado, diciendo, como se registra en Mateo (10:26), entre sus doce mandamientos a sus discípulos: “… nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse”.

En resumen, cuando los Hijos de Israel llegaron a este punto, distorsionando la palabra de Dios y matando a los profetas, Dios transfirió la profecía de ellos a los descendientes de Ismael, y de entre ellos escogió al Profeta Muhammad, Dios le bendiga y le conceda paz.

La transferencia de la profecía de los Hijos de Israel a los Hijos de Ismael

Los profetas fueron enviados sucesivamente a los Hijos de Israel, por decenas y cientos. Esto era una clara indicación de su persistente desviación y su constante necesidad de guía y recordatorios. Lamentablemente, no respondieron al llamado de Dios ni defendieron Su Libro. Por lo tanto, Dios transfirió la profecía de los Hijos de Israel a los Hijos de Ismael. Se opusieron al decreto divino y no creyeron en el Profeta Muhammad, Dios le bendiga y le conceda paz, a pesar de estar completamente seguros de su profecía. Esto se debió a la envidia que sentían porque la profecía había pasado de ellos a otros. Dios se enojó con ellos y los maldijo, como Él dijo, Exaltado sea (traducción del significado): «Por ello, incurrieron una y otra vez en Su ira. Los que niegan la verdad tendrán un castigo degradante». (Corán 2:90). La voluntad de Dios siempre prevalece, pero la mayoría de las personas no lo saben.

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